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La abnegación

Renuncia a las mortificaciones voluntarias extraordinarias.

 

No tome inconsideradamente alguna aspereza de vida extraordinaria, aunque sepa que muchos santos la pasaron muy rigurosa. Porque como ellos estaban alumbrados del Espíritu Santo, sabían que en eso agradaban a Dios. Muchos, siguiendo el fervor que sentían en los principios de su conversión, fatigaron demasiado en esta parte su naturaleza y se inhabilitaron a sí mismos para ocuparse en Dios.

 

Por tanto, mejor que buscar las cruces extraordinarias que nosotros mismos queremos darnos, es el abandono a la voluntad del Señor, que nos dará las que nos convienen, evitando así nuestra indiscreción y necedad humana, y el ser engañados por el enemigo para que desfallezcamos.

 

Por otro lado, el imponernos nosotros mismos cruces extraordinarias, por nuestra cuenta y riesgo, puede acarrear un componente de autocomplacencia y orgullo "por lo buenos y perfectos que somos", lo cual no sería agradable al Señor.

 

Por esto, en este campo, seguir siempre las directrices de un director espiritual experimentado y, lo más seguro, dejar al Señor que nos proporcione él mismo nuestras cruces, y ahí sí, aceptación, abnegación y abrazo de la cruz.

 

Facilidad de adquirir la abnegación.

 

Este género de mortificación de la abnegación, es molesta y dificultosa en los principios; más cuando el hombre hubiere perseverado varonilmente en ella por algún tiempo, Dios la hace del todo fácil y muy amable. Porque en el arte de mortificarse pasa como en las demás artes, que si se ejercita muchas veces y con diligencia, al fin con la misma continuación se le hace al hombre como natural.

 

Muy presto aprende este arte el que piensa que todo cuanto hay en el mundo no le importa más que si estuviera muerto en el cuerpo, acordándose muchas veces de estas palabras del Apostol:

"Muertos estáis, más vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col 3, 3).

 

Porque cuando uno en todas las cosas deja su propia voluntad y da de lado a su propio amor, cuando renuncia a los deleites, así del espíritu como de la naturaleza, cuando mortifica los deseos desordenados, cuando se conoce por el más vil de todos y que es nada, cuando en lo interior obedece prontamente a Dios y en lo exterior a los hombres, cuando no se mete en cuidados superfluos, cuando deja los hechos y dichos de los otros en lo que son, sin juzgar temerariamente las obras o palabras ajenas; cuando, aunque sea alabado o vituperado de los hombres, no se altera viciosamente, cuando por amor de Dios sufre con paciencia y suavidad cualquier injuria, adversidad o miseria, cuando no se queja fácilmente, cuando a todos los hombres les da un afecto común de caridad, y los mira como templos de Dios; este tal, muerto a sí y al mundo, SIN DUDA VIVE A DIOS.