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El ayuno

El ayuno es la práctica ascética más antigua en el cristianismo: se practicó en el Antiguo Testamento, y ha sido muy fomentada en todos los siglos. los monjes antiguos lo tenían en gran estima, y el mismo San Benito, aunque mitigó su ejercicio, lo impuso a sus monjes, como la Iglesia a sus fieles en determinados momentos.

 

Es un ataque directo a la carne en uno de sus puntos más débiles, amansa las pasiones y devuelve el orden y armonía a las facultades del hombre. San León Magno, en sus magníficos sermones, ofrece una teología cristiana del ayuno muy auténtica e inspirada.

 

Nuestro Señor santificó el ayuno, muy tradicional ya en el Antiguo Testamento, inaugurando su ministerio público con un ayuno de 40 días. En esto, como en otras muchas cosas, Jesús no abolió lo antiguo, sino que lo cumplió. Acepta la práctica pero la purifica del legalismo judío, e insiste en que se trata de un acto interior de arrepentimiento y sumisión a Dios.

 

Los primeros cristianos adoptaron el ayuno y, probablemente, en el siglo III añadieron la abstinencia, que no procede directamente del Evangelio. En la liturgia, la palabra ieiunius designa el conjunto de mortificaciones, y se le considera como el acto por excelencia de la ascesis cristiana.

 

El ayuno tiene, sin embargo, otro significado además del ascético. Moisés y Elías ayunaron para preparar su encuentro con Dios; los cuarenta días de ayuno se convirtieron en una preparación de los tiempos escatológicos. Cristo repite este gesto para demostrar que este tiempo ha llegado. Está próxima a establecerse la nueva y eterna alianza, la que fundó Moisés y renovó Elías. El tiempo que media entre Pentecostés y la Parusía es para la Iglesia una espera gozosa de la venida final de Cristo y de la era escatológica definitiva. Es un tiempo de ayuno, en que está ausente el esposo, y los invitados a las bodas vigilan atentamente hasta que vuelva.

 

La Iglesia, por tanto, ayuna porque espera el retorno del Señor. Tal es el sentido particular del ayuno eucarístico y del ayuno del triduo pascual, en los cuales el tono ascético es secundario.

 

El ayuno simboliza la expectación de la Iglesia ante la inminente venida de Cristo. En la eucaristía tiene lugar su venida: no la venida definitiva, pero sí una venida real que anticipa, y en cierto modo realiza, la parusía.

 

Los antiguos cristianos esperaban la parusía en cada celebración eucarística, particularmente en la vigilia pascual. Ayuno y eucaristía representan los dos polos de la vida eclesial en su estado presente: espera y posesión, escatología futura y cumplida, salvación que está por venir y que ya se ha realizado, signo y realidad de la gracia.