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Paradoja cristiana: a la vida por la muerte

"¿No era necesario que Cristo padeciese eso y entrara así en su gloria?" (Lc 24, 26).

 

La ley de la Cruz que Cristo toma sobre sí, la aplica también a sus discípulos. Su cuerpo místico debe estar unido a Él en el dolor, si quiere participar de su gloria. Por el bautismo cada uno de sus miembros se une místicamente con Cristo crucificado, para resucitar con Él de la muerte del pecado: "¿Ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos hecho una misma cosa con Él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante" (Rom 6, 3-5).

 

La muerte del hombre viejo, súbdito de satán, se realiza esencialmente en el sacramento del bautismo; pero no de un modo completo. Su vida entera debe conformarse a la nueva relación sobrenatural con Dios, adquirida en el bautismo. El principio de la vida por la muerte alcanza a cada uno de los actos: solamente muriendo a las tendencias pecaminosas se puede vivir plenamente la nueva vida con Cristo: "Si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el espíritu hacéis morir las obras del cuerpo viviréis" (Rom 8, 13).

 

Este es el principio fundamental de la ascesis cristiana.