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El fin de la mortificación

apetitos naturales.

 

El fin de la mortificación no es aniquilar el cuerpo o las pasiones, sino destruir el pecado. San Pablo no establece un dualismo entre cuerpo y alma, sino entre la carne y el espíritu. La carne para él, no es el cuerpo, es el hombre natural, la parte humana dónde no ha llegado todavía el influjo de la redención, y está bajo el dominio del pecado. El espíritu en cambio, no significa el alma, sino el hombre sobrenatural, la persona tal como existe bajo el influjo de la nueva vida en Cristo, recibida radicalmente en el bautismo.

 

Lo que nosotros debemos destruir es la carne, las tendencias perversas por las que puede obrar el pecado. 

 

Cuando la gracia obra plenamente aniquila el apego al pecado. La tendencia al pecado no reside sólo en el cuerpo, sino en toda la persona, por eso la mortificación no debe dirigirse únicamente contra el hombre físico, sino contra el principio del mal, y el motivo que la inspire debe ser la caridad, el amor.

 

Los maestros de la vida monástica ofrecen una doctrina sólida sobre el valor de la mortificación. para Evagrio y Casiano la vida activa es un avance dinámico hacia la pureza de corazón, o purificación total del espíritu, por medio del desprendimiento de todo lo creado. Pureza de corazón es idéntica a santidad y caridad; esta no es el fin en sí misma, sino la condición para conseguir el fin último de la vida eterna. El corazón es un espejo: si está manchado con impurezas no puede reflejar con nitidez a Dios; pero si está limpio de manchas, refleja la imagen de Dios tal como es: "Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios" (Mt 5, 8).

 

Por lo tanto, es durante la vida activa, cuando la ascesis contribuye a arrancar todo lo que se opone a la pureza 

de corazón.