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La Noche purificadora de la prueba

En la tierra, el bautizado permanece en la fase de la extensión progresiva y dinámica de la gracia; en el cielo esta gracia se transforma en gloria, pero no podrá crecer en intensidad.

 

Al fijar el momento de nuestra muerte, el Señor nos ha concedido, por decirlo así, todo el tiempo necesario para esta interiorización de la gracia que alcanzará su plenitud entonces, en la luz de la gloria. En el cielo, los elegidos tendrán el grado de gloria que corresponda al grado de gracia que hayan interiorizado en la tierra.

 

En el orden de las cosas sería normal ver a Dios cara a cara inmediatamente después de la muerte, pues la gloria es la prolongación normal de la gracia. 

 

Sin embargo, muchas almas están privadas de esta visión, pues no han respondido plenamente a las llamadas de Dios durante su peregrinación terrestre. 

 

En otras palabras, no han interiorizado totalmente la gracia.

 

Antes de contemplar a Dios cara a cara es preciso que se realice este trabajo de interiorización, y esto es obra del purgatorio. 

 

Por culpa suya las almas de los justos son retenidas en este lugar de expiación dónde ya no se merece. El objeto principal del purgatorio es purificarse del pecado. Cuando la gracia no puede investir toda la persona, porque esta no se ha comprometido en un combate espiritual auténtico, y quedan en ella secuelas del pecado que purificar, el purgatorio actúa para ello. Pero se podría haber logrado con las purificaciones activas y pasivas de esta vida. 

 

Las purificaciones activas y pasivas quitan los obstáculos para el desarrollo de la gracia en nosotros. Pero a diferencia del purgatorio que se sufre sin méritos, estos sufrimientos son meritorios y preceden a la muerte.

 

El hombre tendrá que colaborar en su divinización mediante una ascesis apropiada que le obligará a distintos niveles. El pecado original ha operado en el hombre una perturbación que ha debilitado sus sentidos y facultades. En vez de estar sometido a la razón, los sentidos buscan su satisfacción de una manera anárquica; muy a menudo quieren bienes que son contrarios a la razón.

 

El hombre debe estar decidido a perderlo todo y a sacrificarlo todo para unirse a Dios.

 

En la misma línea hay que desconfiar de los apegos que parece que no tienen importancia. Nuestras pequeñas infidelidades y nuestro volver sobre nosotros mismos parecen muy poca cosa al lado de las faltas graves; y sin embargo, revisten una gran importancia porque impiden al Señor que nos invada completamente con su gracia.

 

En este sentido limitan la acción de Dios en nosotros y son un obstáculo para nuestra irradiación espiritual.

 

El hombre es incapaz por sí mismo de operar esta purificación total: hay que ponerse en manos de Dios para que Él mismo opere su justicia y su santidad en nosotros.

 

Dios conduce al hombre al desierto, le separa de todo lo que no es Él y le quita todos los apoyos humanos. todas las impurezas suben a la superficie del alma, y esta comprende toda la profundidad de su pecado. Hay que pasar por aquí para revestirse de la pureza y de la santidad de Dios.

 

De aquí la importancia de trabajar activamente en la purificación del alma, pues cuantos más obstáculos sean quitados, más se deja a Dios la acción principal. Dios trabaja en nosotros; no hay que obstaculizar su trabajo.

 

En esta clase de sufrimientos los hombres no pueden hacer nada para tranquilizar el corazón; no se puede, pues, acudir a ellos en busca de consuelo.

 

Los dones del cielo se conceden a los bienaventurados en premio a la renuncia absoluta que de sí mismo hicieron, y de su total abandono en Dios.

 

El que mortifica la naturaleza y la tiene dominada según la verdad, dispone de ella como le place con suma facilidad, y la obliga a practicar con rectitud y sin desmayos las obras y ejercicios exteriores. Pero el que derrama el corazón sobre las cosas temporales nunca llegará a hacer cosa de provecho.

 

Ama la renuncia perfecta de ti, abrázala, practícala sin permitirte la satisfacción de uno solo de tus deseos, que mal reprimidos te impedirán siempre la unión con el Señor y serán un obstáculo oculto para que te renuncies de verdad.

 

La conversión de un alma que se renuncia a sí es más agradable a Dios que la perseverancia en el bien de otra alma que no se despega totalmente de sí misma.