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La oración

La oración, según Santa Teresa, es tratar de amistad con Dios.

 

La oración, para ser eficaz, debe basarse en la pureza de un corazón que sólo busca la gloria de Dios.

 

así se comprende el gran esfuerzo de los Padres del desierto para obtener la pureza de corazón y también el que sólo pueda obtenerse con gran esfuerzo.

 

Es puro don de Dios, gracia, "amor de Dios derramado en nuestros corazones por su Espíritu" (Rm 5, 5). Nuestro esfuerzo consiste en quitar los obstáculos para que brote del fondo de nuestro corazón la oración-amor del mismo Cristo, en toda su pureza y extensión, para abrazar a todos los hombres.

 

Aquí tienen su lugar las prácticas penitenciales, los ayunos, las mortificaciones, para sostener la oración, hacer reparación y restablecer un orden perturbado por el pecado.

 

En Cristo estamos llamados a ser torres emisoras de Dios, a separarnos de todo pensamiento contrario a su pensamiento, para transmitir a los otros los pensamientos de Dios. Es una función sacerdotal de gran valor, con un peso intercesor por el mundo.

 

Formamos parte del Cristo total, de ahí el valor de nuestra oración:

 

"El que permanece en mí y yo en él, ese dará mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5).

 

"Yo soy la vid y vosotros los sarmientos (Jn 15). Su vida se comunica a todos los sarmientos: el cuerpo místico de Cristo.

 

"Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, que vosotros estais en mí y yo en vosotros" (Jn 14, 20).

 

A fuerza de habituar al alma a recogerse y orar se consigue la costumbre de ello. Cuanto más atenta está el alma a este reemprender continuamente la oración, tanto más atrae la gracia para hacerlo.

 

"Los que comienzan a tener oración... han menester irse acostumbrando a no se les dar nada de ver u oir, y aún ponerlo por obra en las horas de oración, sino estar en soledad y apartados de pensar" (Santa Teresa de Ávila).

 

De un Padre del desierto, San Nilo:

"Bienaventurada el alma que en su oración ha sido elevada por encima de todas las imágenes corporales para contemplar la belleza espiritualísima de Dios. Bienaventurada el alma que está con ardor en la oración santa, y que la hace con espíritu perfectamente recogido, ya que sentirá crecer en ella siempre sus deseos por Dios. Feliz el alma que en su oración se olvida de las cosas sensibles. Feliz la que se presenta ante Dios en la oración despojada de los afectos a las cosas terrenas, y en una verdadera pobreza de espíritu".

 

¿Qué es, pués, orar?

 

Orar no es solamente pedir, ni ponerse de rodillas y recitar el Rosario o el Breviario, ni meditar sobre el cielo, el infierno, las virtudes o la pasión del Salvador. Es todo eso, pero también mucho más. Es algo más complejo y simple a la vez, algo más profundo, que domina esas modalidades y les comunica su esencia. Orar es estar de una manera consciente con Dios, es hablar con Él, contemplarlo, estar atento a sus deseos. Orar es salir de sí mismo para alcanzar a Dios y abrazarlo con el espíritu, el corazón y la voluntad; orar es amar.

 

En pocas palabras y de una manera precisa, orar es unirse a Dios.

 

Digo "unirse" y no estar unido. Por la gracia santificante estamos unidos a Dios: esto es un estado. Mientras que en cuanto a Dios esta unión es siempre activa, no lo es por nuestra parte en los momentos en que no pensamos en Él. Por medio de la oración la hacemos también activa en cuanto a nosotros. Dios ha descendido hasta nosotros, nosotros nos elevamos hacia Él en un impulso espontáneo: la oración es una acción, la cual, por otra parte, puede y debería ser contínua.

 

La gracia de Dios obra siempre en nosotros, los dones del Espíritu Santo se encuentran en nuestra alma desde que la caridad reina en ella, no esperando más que nuestra buena voluntad para despertar en ella posibilidades divinas. La oración es una acción, pero no únicamente nuestra: es tanto acción de Dios como nuestra.

 

A medida que el alma se entrega, esta operación divina se hace más fuerte, más invasora. Acaba por dominar la del hombre. 

 

El alma se hace dócil, "pasiva" bajo esta empresa divina; pasividad, no obstante, eminéntemente activa. Y el espíritu de amor hace arder en ella un incendio de amor que en lo sucesivo quema en el fondo del alma y devora en ella todo otro interés.

 

En aquel que se muestra generoso, que se dedica a poner al Señor en el centro de su vida, que persevera en el desasimiento y la oración, concediendo a esta el tiempo y el esfuerzo que merece, se produce generalmente una evolución en la oración: tiende a simplificarse.

 

San Juan de la Cruz dice: "Esté con amorosa atención a Dios escuchando y mirando".

 

Santo Tomás dice: "Lo que principalmente se ha de pedir a Dios en la oración es que nos una con Él".

 

Se ha de pedir la unión de amor con Dios, pues para esta unión nos ha creado y la desea hacer con todas las almas y ciertamente la haría si todas las almas se prepararan y se dejasen preparar.

 

Mal sobrelleva el demonio que el alma haga mortificaciones y austeridades por amor de Dios, pero lo que no puede sufrir es que haga oración y se sumerja y empape en el amor de Dios.

 

El alma se santifica en la oración con mortificación, y con ellas, pidiendo y expiando, alcanza de Dios para todos la gracia de la conversión y de la perseverancia en la fe viva.

 

Dios llama al alma para comunicarle su amor y la guía a la soledad (Oseas 2, 14), donde el alma ha de disponerse y prepararse vaciándose de lo que no es Dios: de lo mundano y de sí misma en su amor propio y en sus apetitos. Dios llenará el vacío. Dios le hablará al corazón.