· 

Nadie va al Padre sino por Cristo

"Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14, 6).

 

Vemos como Cristo nos dice que nadie va al Padre sino por Él. Y, por otro lado, nos dice como ha de ser eso: El que quiera ir en pos de Él ha de negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirle. Así, pues, esto es necesario para ir al Padre.

 

Tiene su lógica. Nos hacemos hijos adoptivos de Dios por la gracia, al bautizarnos y entrar a formar parte del cuerpo místico de Cristo que es su Iglesia, la Iglesia Católica, fundada por Él.

 

Nos hacemos hijos de Dios al "cristificarnos" al hacernos Cristo: "Vivo yo, no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20), y aquello para lo que vino Cristo está muy relacionado con la cruz, por tanto ningún cristiano puede ser otro Cristo sin cruz.

 

Jesús nazareno va cargado con la Cruz. Se dirige a San Martín de Porres y le dice:

      - Martín, ayúdame a llevar la Cruz.

Y este le responde:  

     - Dios y redentor mío: ¿A mí tanto favor?

 

El Padre nos ha predestinado "a reproducir la imagen de su Hijo" (Rm 8, 29).

 

Con nuestra cruz, la que Dios da a cada uno, nos asemejamos a Cristo y participamos de su obra redentora a su través:  "Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo" (Col 1, 24).

 

Es decir, que, aunque Cristo sufrió por todos, no todos se salvan, para salvarme yo he de asociarme a la pasión de Cristo, aceptarla en mi vida.

 

"Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu" (Col 5, 24-25).

 

"Toma parte en los padecimientos como buen soldado de Cristo Jesús" (2 Tm 2, 3).

 

"Pues si morimos con Él, también viviremos con Él; si perseveramos, también reinaremos con Él" (2 Tm 10, 12).

 

Por eso, solo se puede ir al Padre por Cristo, y el que quiera ir por ahí ya nos dice el propio Cristo como ha de ser: negándose uno a sí mismo, tomando su cruz y haciendo lo que Él nos dice.

 

El primer mandamiento de la Ley de Dios es este: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Las palabras que hoy te digo las guardarás en tu corazón. Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas en casa y de camino, acostado y levantado" (Dt 6, 4-7).

 

Así, pués, el que se ama a sí mismo más que a Dios, el que se busca a sí mismo en vez de a Dios, no puede ir a Dios, pues su Dios es él mismo.

 

El que ama a las riquezas o a cualquier otra cosa más que a Dios, por amarse a si mismo mas que a Dios, no puede ir a Dios. Por eso Cristo nos da la pista para no errar en esto: niégate a ti mismo, sino no puedes ir en pos de Cristo.

 

Pero además, hay que tomar la cruz. No cualquier cruz, sino tu cruz, pues Cristo dice: tome su cruz, osea, la que Dios le da.

 

"Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita. Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado" (1 Cor 9, 25-27).

 

Y San Pedro nos dice:

 

"Así pues, dado que Cristo sufrió según la carne, también vosotros armaos de la misma mentalidad, porque el que sufrió según la carne ha acabado con el pecado, para vivir el resto de su vida no según las pasiones humanas, sino según la voluntad de Dios" (1 Pe 4, 1 ss).

 

y:

 

"Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, goceis de alegría desbordante" (1 Pe 4, 13 ss).

 

Pero, tranquilos porque "mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 28-30) y "Mirad: voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra: de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento" (Is 65, 17).

 

Una vez aceptados estos dos presupuestos sine quae non, negación de si mismo y cruz propia, ya podemos seguirle, es decir hacer lo que el nos dice: "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama" (Jn 14, 21). 

 

En próximos artículos hablaremos sobre la negación de uno mismo y sobre la cruz cristiana, sobre ascética cristiana, y siempre sobre seguir su camino: el camino perfecto.

 

Pero ya podemos avanzar que la vida de la gracia se desarrolla por el amor y por la muerte a nosotros mismos.

 

Conforme va acrecentándose esta vida, las tres divinas personas crecen juntamente en nosotros hasta que Cristo haya alcanzado en nosotros "la plenitud de su edad"

 

"...y por último a los gentiles, que se arrepientan y se conviertan a Dios haciendo obras dignas de penitencia" (Hechos 26, 20).

 

LLegar a ser santos sin sacrificios es imposible. No se consigue nada por carecer de la generosidad y decisión requeridas para inmolarse.

 

La Cruz es la llave del amor. Hay otros caminos buenos y honestos; pero no son el camino que lleva directamente a dar la máxima gloria a Dios, porque sin cruz el corazón va aficionado a sí mismo: "Sine dolore non vivitur in amore".